Johnny Czarninski
Johnny Czarninski
Nació el 19 de octubre de 1947 en la ciudad de Guayaquil. Fue el mayor de tres hermanos y creció en un hogar judío donde se le inculcaron sólidos valores, así como la importancia del trabajo perseverante y el compromiso social. La familia Czarninski-Baier se forjó en un contexto de resiliencia y determinación. De ella, Don Johnny heredó un carácter optimista y emprendedor. Desde muy pequeño, cuando enfrentaba dificultades o sentía miedo, su padre, Don Alfredo, le repetía con afecto: “Mi hijo puede hacer todo. No te rindas. Tú puedes lograr todo lo que te propongas”. Esa enseñanza lo acompañó a lo largo de toda su vida.
Cuando tenía cinco años y medio, su madre, Doña Ruth, intentó enviarlo a la escuela para iniciar el primer grado. Sin embargo, debido a su carácter inquieto y a la dificultad para adaptarse a la disciplina, le recomendaron esperar algunos meses más. Así fue como, a los seis años y medio, comenzó sus estudios primarios en la Escuela Moderna Sergio Pérez Valdez y, posteriormente, cursó la secundaria en el Colegio Americano de Guayaquil. Desde muy joven, mostró un espíritu arriesgado y un sentido del humor peculiar. Sus compañeros de aula coinciden en que tenía una gran facilidad para los números y una agilidad mental envidiable.
Las vacaciones escolares solía pasarlas en Playas, en la Villa Ruth, la modesta casa de sus padres que fue escenario de sus múltiples aventuras. A Don Johnny le encantaban los paseos en bicicleta hasta El Morro para tomar leche de cabra y las excursiones a El Pelado, una playa camino a Chanduy, desde cuyo cerro observaba las prácticas de bombardeo en tierra y mar realizadas por los militares.
Tras graduarse de bachiller, viajó a Estados Unidos para estudiar Economía y Ciencias Políticas en la Universidad de Haverford. Al culminar sus estudios universitarios, Don Johnny asumió un papel protagónico en el crecimiento de la empresa familiar fundada por su padre, transformando a Supermercados El Rosado —conocidos más tarde como Mi Comisariato— en una de las cadenas de supermercados más grandes y modernas del Ecuador. En 1970, ante las medidas abusivas de la dictadura de Velasco Ibarra en contra de su padre, Don Alfredo, en su calidad de cónsul de Israel, la familia Czarninski-Baier decidió dejar el Ecuador y viajar a Israel, donde permanecieron hasta 1973, año en que cambió el gobierno ecuatoriano.
A su regreso al país, Don Johnny visitó los diferentes almacenes que habían quedado bajo la administración de terceros y, al final del día, sentado en un cajón en el supermercado de la avenida 9 de Octubre, al repasar mentalmente lo que había visto, pensó en cómo sacar la empresa adelante, cómo relanzarla y entonces se le ocurrió pintar nuevamente los locales, cambiar el uniforme del personal, llenar los almacenes con imágenes y anunciar a los cuatro vientos la campaña: “Atendemos con una sonrisa”. Mandó a fabricar en La Universal caramelos especiales con caritas felices para regalar a todos los niños que visitaban los locales, y fue así como hizo renacer la cadena de supermercados con nuevos brillos.
Tomando en cuenta una ley del país que obligaba a toda empresa con más de 15 empleados a poner un comisariato para atender a su personal y vender productos de primera necesidad, Don Johnny decidió ofrecer a los gerentes de las principales empresas el servicio de comisariato. De este modo, estas solucionaban un problema, recuperaban el área asignada a sus comisariatos y su personal accedía a un servicio de primera. Así nació Mi Comisariato. Su primer cliente fue la Cervecería Nacional. Luego se afiliaron la Cemento Nacional, la Empresa Eléctrica, la Jabonería Nacional, entre muchas otras.
En pocos años, Don Johnny multiplicó los locales de Mi Comisariato en Guayaquil y otras ciudades. Más adelante, con los Hipermarket, reunió bajo un mismo techo a todas las tiendas del grupo. Luego llegaron también los Mini, concebidos como un concepto de almacenes de barrio. Todos estos formatos conservaron la esencia de mantener los mejores precios para los consumidores, para lo cual Don Johnny nunca escatimó esfuerzos ni recursos, exigiendo a sus colaboradores mantenerse atentos a las ofertas del mercado y a los cambios que pudieran afectar el valor de los productos. Si era necesario, sacrificaba sus márgenes para beneficiar a sus clientes y mantener su confianza. Antes de codificar cualquier nuevo producto, él mismo lo probaba para asegurarse de su calidad. Muchas veces advertía a los proveedores: “está muy salado”, “está muy dulce”, “le falta tal o cual ingrediente”, “este tamaño no se va a vender; primero ajústelo y después regrese”.
En 1997, compró Ferrisariato, una cadena de cuatro tiendas de materiales de construcción en Guayaquil y Quito, prácticamente en la quiebra. Amplió significativamente su portafolio de productos, posicionándola como la red de home centers con mayor presencia a nivel nacional, atendiendo las necesidades de todo tipo de consumidores. Con el propósito de ofrecer a las familias ecuatorianas nuevas formas de comprar, comer y entretenerse, construyó los centros comerciales Rio Centro, Paseo Shopping y Ciudad Comercial El Dorado, contribuyendo al desarrollo urbanístico de muchas ciudades grandes y pequeñas. Estos proyectos no solo dinamizaron el comercio al ampliar los horarios de atención al público, antes limitados para los clientes, sino que también introdujeron una novedad en el país: los patios de comida, espacios pensados para la convivencia, la diversidad gastronómica y el disfrute en ambientes confortables.
A finales de los noventa, Don Johnny incursionó en la industria cinematográfica al adquirir y modernizar salas de cine, además de construir nuevos complejos equipados con tecnología de vanguardia. Así nació Supercines, marca que se estableció como la primera cadena del país en incorporar pantallas digitales. A esto se sumó la representación de importantes estudios de producción. Hoy, Supercines cuenta con 25 complejos en todo el Ecuador, nueve de ellos con tecnología IMAX, permitiendo experiencias inmersivas con imágenes de gran formato y sonido de última generación. Además, Don Johnny se propuso ofrecer el mejor hot dog del país en Supercines. Durante meses, se dedicó a probar salchichas hasta que, de tanto y tanto comerlas su presión arterial se elevó considerablemente. Finalmente escogió una variante desarrollada por un proveedor según las directrices que él le dio.
En 2005, incursionó en la radio, llevando, a través de Radio Disney una propuesta fresca y optimista, con programación ininterrumpida las 24 horas del día, enfocada en música, entretenimiento y cercanía con la audiencia. Continuó con la diversificación del grupo desde 2007 con la introducción al país de reconocidas franquicias internacionales de restaurantes como Chili’s, Carl’s Jr, IHOP y Olive Garden, consolidando una oferta variada, en ambientes agradables y con un enfoque permanente en la satisfacción del cliente. Como en todo lo demás, él verificaba la calidad de los platos haciendo degustaciones en su oficina y, a veces, comparándolos con las opciones de la competencia, con el fin de ajustar las recetas y obtener mejores resultados.
Sus decisiones en los negocios, en ocasiones audaces y arriesgadas, reflejaron siempre una profunda convicción en sus sueños y en el potencial del país. Por sus proyectos inmobiliarios ejecutados en tiempos récord, su padre, Don Alfredo, lo describía como el “mejor arquitecto de Ecuador”. Y es que Don Johnny supo ver oportunidades donde otros veían límites, manteniendo intacta su confianza en el país incluso en momentos inestables y complejos.
Consolidó al Grupo El Rosado como uno de los principales conglomerados empresariales del Ecuador, con un aporte significativo al desarrollo económico del país, evidenciado en la generación de empleo directo para más de 12.700 personas. Don Johnny era un jefe firme y exigente, pero también presto a enseñar y reconocer el esfuerzo y la lealtad de sus trabajadores.
No se limitaba a dar órdenes detrás de su escritorio; le gustaba poner manos a la obra. Con lápiz y escalímetro modificaba planos. Revisaba anuncios e ideaba frases publicitarias: “Por primera vez llega al Ecuador…”; “Sin premios, ni sorteos usted siempre gana en Mi Comisariato con el menor precio”. Recorría los almacenes para detectar errores que debían corregirse. Mientras caminaba por los pasillos de los locales, al ser reconocido por los clientes, los saludaba con sencillez y se encargaba personalmente de que cualquier queja o sugerencia fuera atendida con rapidez. No paraba y no aceptaba un “no” como respuesta: siempre se podía, solo había que buscar la forma. Se daba tiempo para todo; escribía correos electrónicos de madrugada, pero prohibía que se le contestara a altas horas, pues solo él se permitía trasnochar. Su energía era contagiosa, inspiraba.
Antes de la apertura oficial de un nuevo almacén o centro comercial, Don Johnny invitaba a todo el personal que había participado en la ejecución del proyecto a un “arroz con pollo”. Con esta tradición, rendía homenaje a su padre, Don Alfredo, quien, el día de la inauguración de su primer emprendimiento, el Salón El Rosado, preparó un arroz con pollo para todos los invitados. A Don Johnny le gustaba compartir la historia de ese establecimiento, que fue el origen del grupo empresarial que tan acertadamente dirigió por varias décadas.
Otras costumbres que mantuvo con mucho cariño fueron el brindis de fin de año y el concurso de años viejos. En esas ocasiones, Don Johnny resaltaba los logros empresariales durante el año que estaba por concluir y expresaba agradecimiento a todos sus trabajadores por el éxito alcanzado. Le agradaba atender a los asistentes, charolear los bocaditos, y al final repartir una botella de champán y un pan de pascua, detalle que imitaba de su madre, Doña Ruth, para quien era muy importante que toda persona que formara parte de El Rosado pudiera brindar con su familia por el año entrante. Su liderazgo se distinguió, más que nada, por su genuina preocupación por el bienestar de sus colaboradores y sus familias, brindándoles constante apoyo humano en cualquier aspecto que fuera necesario.
Don Johnny afirmaba tener varios amores, entre ellos Ecuador, el país que lo vio nacer, e Israel, la tierra de sus ancestros. Por eso, como Cónsul H. de Israel, durante más de 30 años, sirvió de enlace entre diplomáticos israelíes y autoridades ecuatorianas, en la promoción del diálogo y la cooperación entre ambos países. Envió a profesionales ecuatorianos en diferentes áreas a Israel para que participaran en programas educativos. Asimismo, organizó visitas de científicos, personalidades destacadas y artistas de Israel para ofrecer gratuitamente charlas, conversatorios, obras de teatro y conciertos en Ecuador.
Consciente de la importancia de promover una comprensión objetiva y fundamentada sobre el conflicto en Medio Oriente, impulsó espacios de diálogo y reflexión, invitando a reconocidos periodistas y expertos en la materia.
En dos ocasiones, organizó Seminarios de Cónsules Honorarios de Israel en Latinoamérica y el Caribe, encuentros que se convirtieron en experiencias maravillosas para todos los asistentes, no solo por el nivel de los conferencistas invitados, sino también por su calidad de anfitrión inmejorable. Creó el Boletín Informativo del Consulado de Israel, y él mismo seleccionaba las noticias y artículos que se publicaban diariamente en este espacio, para compartir información sobre la actualidad política, el turismo, los logros científicos, los avances tecnológicos, los descubrimientos arqueológicos y los eventos culturales y deportivos en Israel.
Como representante del Estado de Israel, financió y coordinó la entrega de ayuda en lugares afectados por inundaciones en distintas partes del país. Llevó médicos y suministró remedios en las zonas más vulnerables y necesitadas. Poco después del terremoto del 2016 en la provincia de Manabí, gestionó la llegada inmediata de médicos israelíes a Ecuador, montó un hospital móvil en la ciudad de Canoa y alquiló avionetas para el traslado de los voluntarios que llegaron a prestar su atención profesional a los damnificados.
Pero su labor no se limitó a la organización y logística: con una entrega conmovedora, viajó personalmente a las áreas devastadas, llevando consigo agua, alimentos y colchones para quienes lo habían perdido todo. Durante la pandemia, una vez más mostró su espíritu solidario, donando -a nombre del gobierno de Israel- kits de alimentos y sillas de ruedas a las principales autoridades de Guayaquil y de la provincia del Guayas, para que estas las hicieran llegar a personas de escasos recursos económicos.
Cada año, organizaba y financiaba celebraciones por el aniversario de independencia del Estado de Israel. Para estas conmemoraciones anuales, Don Johnny, buscaba con meses de anticipación, artistas representativos y personajes influyentes, quienes realizaban presentaciones musicales y teatrales, así como disertaciones magistrales, contribuyendo a elevar la imagen de Israel frente a todos los asistentes. Don Johnny saludaba personalmente a cada uno de los asistentes, entre los cuales incluía a los estudiantes de Fasinarm, institución que forma a niños y jóvenes con Síndrome de Down, y a los adultos mayores de varios asilos de Guayaquil, a quienes él llamaba con cariño sus “invitados especiales”.
En sus discursos, solía hablar de los aportes de la nación de Israel en múltiples campos, enfatizando sus logros a pesar de ser un país pequeño, amenazado continuamente por la barberie del terrorismo. Sin perder la solemnidad que el acto requería, siempre incluía anécdotas y bromas espontáneas que arrancaban risas y aplausos a los presentes. Para cerrar con broche de oro estas veladas, no podía faltar la entrega de un recuerdo alusivo a Israel, también escogido por él.
En el año 2019, después de haber obtenido la autorización del municipio, Don Johnny transformó uno de los parques de Guayaquil, prácticamente olvidado, en un hermoso espacio que relata los principales sucesos de la ciudad de Jerusalén, desde tiempos bíblicos hasta la actualidad. Esta obra permanece como su mayor legado y refleja su amor por Israel y por Ecuador. No solo tiene un gran valor simbólico, sino que también es un testimonio de su profundo compromiso con la comunidad.
El parque alberga un monumento central que cuenta con una majestuosa escalinata adornada con 18 placas de bronce. Cada una narra con detalle los principales hitos históricos de Jerusalén, empezando con el patriarca Abraham y culminando con la visita, en el año 2000, del máximo líder de la fe católica, Juan Pablo II. En la cima se encuentra una menorah (candelabro), réplica exacta y a tamaño real de la que fue donada por el Reino Unido a la Knéset (Parlamento) de Israel.
El parque no solo se distingue por su carga histórica, sino también por su entorno, pensado para el disfrute y la comodidad de todos. Sus visitantes gozan de amplias áreas verdes donde se puede caminar libremente, una fuente, música ambiental, bancas y wifi gratuito. Se permite el ingreso de mascotas, ya que Don Johnny consideraba que los parques deben ser zonas en las que las personas puedan distraerse o descansar sin restricciones. Un detalle fascinante es la réplica en miniatura de Jerusalén del siglo I, construida a escala, que ofrece un vistazo de cómo era la ciudad en aquella época.
Para fomentar el arte y la cultura, Don Johnny ideó en este espacio los “Domingos Culturales”, con presentaciones de integrantes de la Orquesta Sinfónica de Guayaquil. Él revisaba y aprobaba los repertorios con el fin de asegurarse de que las familias y amigos que se daban cita en estos encuentros se deleitaran con ritmos variados y alegres. Le gustaba asistir y observar a la gente entonar y bailar los temas musicales que se interpretaban.
Gracias a su iniciativa y dedicación, el Parque Jerusalén es visitado frecuentemente por turistas de otras partes del país y del mundo. Además, los guayaquileños acuden a este lugar para realizar peticiones de mano, sesiones fotográficas, entre otros eventos. Para garantizar a la ciudadanía el mantenimiento y cuidado del parque, se firmó un acuerdo con el municipio, asumiendo el Consulado General H. de Israel en Guayaquil esta responsabilidad.
Don Johnny siempre estuvo orgulloso de sus orígenes y se esforzó durante toda su vida por seguir el ejemplo de sus padres, manteniendo las tradiciones religiosas y las celebraciones relacionadas con la fe judía. En 1989, fue elegido por primera vez presidente de esta comunidad. Hasta ese entonces, sus miembros habían alquilado varios locales y casas para poder reunirse; sin embargo, él decidió tomar cartas en el asunto. Al año siguiente, construyó una cómoda y funcional sede propia en la ciudadela Quisquís. También estableció una relación muy especial con la organización Jabad de Nueva York. Desde entonces, trajo cada año a Guayaquil a jóvenes rabinos voluntarios para dirigir los rezos de las Altas Fiestas. En 2012, fue nuevamente nombrado presidente de la Comunidad Judía de Guayaquil. En esta ocasión, decidió donar el terreno y la construcción de una nueva sede, mejor ubicada y con instalaciones más espaciosas, que incluyen una mikve (baño ritual judío).
Durante este nuevo período, Don Johnny también realizó todas las gestiones necesarias para que la comunidad contara con la presencia permanente de un rabino, con el fin de fortalecer la espiritualidad de sus integrantes. En 2015 y 2016 organizó el encendido público de la janukiá más grande del mundo, construida por él, con el objetivo de mantener viva esta tradición entre los judíos residentes en Guayaquil y dar a conocer su significado al resto de la ciudad. Gracias a su iniciativa, en agosto de 2022, se concretó la histórica visita del Gran Rabino David Baruch Lau, autoridad suprema rabínica y espiritual de la religión judía, un evento excepcional para una comunidad pequeña, que tuvo el privilegio de contar con un líder profundamente comprometido con la preservación de sus raíces, consciente de que en ellas reside la identidad y la fortaleza de su pueblo.
A pesar de que Don Johnny se destacó en diversas facetas que demandaban gran parte de su tiempo, su máxima prioridad fue siempre su familia. Su esposa Nilly, con quien se casó en 1974; sus hijos Taly, Yael y Gad; y sus nueve nietos representaban su tesoro más preciado. Nunca se perdió un evento especial de los suyos. Los almuerzos y cenas eran “intocables”, pues disfrutaba compartir con ellos en la intimidad de su hogar. No le importaba interrumpir algún tema de trabajo para llegar a tiempo a “los martes de apanado”.
En su apretada agenda, él se hacía espacio para organizar con mucho detalle las celebraciones familiares: cumpleaños, aniversarios, compromisos, matrimonios, entre otros. Le gustaba escoger personalmente los obsequios que les hacía a cada miembro de su amada familia, siempre pensando en sus gustos y necesidades particulares. Pero, sin lugar a duda, el mejor regalo que les entregó fueron sus valores éticos y morales, acompañados del ejemplo de lucha y persistencia para alcanzar los sueños y metas propuestas.
Familia Czarninski Shefi
Don Johnny apreciaba muchísimo el apoyo incondicional de su esposa Nilly, a quien solía llamar “su mejor amiga”. Ella era su principal consejera, pues él le consultaba frecuentemente antes de tomar decisiones. Junto a Nilly, vivió con intensidad las diferentes etapas del crecimiento y desarrollo de sus hijos. Tenía clara la importancia de dar amor e impartir disciplina cuando era necesario hacerlo. Se involucró en cada uno de sus proyectos, siendo un impulso fundamental en sus logros.
Sus hijos políticos y respectivas familias fueron acreedores de su absoluta confianza y profundo aprecio, lo cual hizo posible, entre todos, una convivencia armoniosa y agradable. Fue un abuelo orgulloso, que gozaba de las ocurrencias de sus nietos. Y, con su presencia constante, contribuyó a la crianza de ellos en un entorno afectuoso y lleno de protección.
Asimismo, desde muy joven fue un apoyo para sus padres, por quienes profesaba gran respeto y admiración. Seguir sus pasos y conservar su legado fue una misión que cumplió a cabalidad. En la parte final de sus vidas, los cuidó con cariño y dedicación, asegurándose de que contaran no solo con todos los cuidados médicos necesarios, sino también con su compañía. Posteriormente, honró su memoria con la creación de un museo en el que se relata detalladamente su historia. También escribió el libro ¡No te oigo nada, no te muevas! ¡Voy para allá!, para dar a conocer a las nuevas generaciones los orígenes de su familia.
Don Johnny, patriarca de la familia Czarninski Shefi, construyó un hogar con bases sólidas, fundamentadas, sobre todo, en la unión y el acompañamiento continuo. Desempeñó su principal rol: el de esposo, padre y abuelo ejemplar, dejando un cúmulo enorme de recuerdos preciosos, de momentos especiales, de enseñanzas y lecciones de vida valiosas y, más que cualquier otra cosa, de mucho amor.
Don Johnny utilizó su éxito como una plataforma para apoyar, de manera constante y muchas veces silenciosa, causas relacionadas con la educación, la salud, el arte y la cultura, sin esperar ningún tipo de distinción ni discriminando por afiliaciones políticas. Su aporte a muchas fundaciones e instituciones, dentro y fuera del país, fue muy significativo. Siempre mantuvo abiertas las puertas de su oficina para todos aquellos que, incluso sin tener un vínculo con él, buscaban su ayuda.
Él mismo atendía esos casos, y no solo ofrecía recursos financieros, sino que también brindaba sus sabios consejos y guía, haciendo el debido seguimiento hasta tener la certeza de que la crisis se había superado. En muchas otras ocasiones, actuó desde el anonimato, pues no le gustaba llamar la atención. Quienes formaron parte de su entorno lo recuerdan como un hombre solidario, dotado de una notable sensibilidad humana y de una constante disposición a servir al prójimo sin condiciones ni búsqueda de reconocimiento. Lo que verdaderamente lo hacía feliz, además de velar por los suyos, era aliviar, con su asistencia práctica y eficaz, la carga de los demás.
A inicios de 2010, fue diagnosticado con mieloma múltiple, un tipo de cáncer que afecta la médula ósea. Durante los catorce años siguientes, su lucha contra la enfermedad no mermó su interés por seguir creando y haciendo crecer sus empresas. No dejaba que sus molestias físicas le impidieran estar presente en su oficina, dando instrucciones, resolviendo problemas, buscando nuevas opciones de negocios, entre muchas otras actividades. Incluso a la distancia, cuando sus controles médicos le exigían viajar fuera del país, se mantenía conectado con sus colaboradores.
Cuando hablaba de su condición, lo hacía con una actitud positiva y, en ocasiones, hasta con humor, como una forma de reafirmar su determinación de no dejarse vencer. Durante el proceso de su primer trasplante de médula, compartía los avances de su tratamiento mediante informes periódicos dirigidos a familiares, amigos y colaboradores cercanos. Estos escritos fueron posteriormente recopilados en el libro Mi Segundo Nacimiento, un testimonio de su fortaleza, valentía y profundo apego a la vida. Falleció el 22 de agosto de 2024, tras una larga lucha contra el cáncer.
Aquel día, su último paso por la Avenida 9 de Octubre fue esperado por centenares de personas que se agruparon para darle su último adiós, mientras aplaudían su carroza fúnebre, como muestra de gratitud hacia aquel personaje que marcó la historia de un país. Don Johnny dejó una huella imborrable como emprendedor visionario e innovador, diplomático comprometido con el progreso social, líder comunitario y ser humano excepcional. Es un referente que impactó positivamente a generaciones enteras porque demostró que, en Ecuador sí es posible construir empresas grandes, organizadas y sostenibles, incluso partiendo de un negocio familiar; sí es posible tender puentes de comunicación y cooperación mutua con otras naciones, y sí es posible extender una mano generosa a quienes más la necesitan